La Iglesia celebra este domingo Pentecostés, efusión del Espíritu Santo a los discípulos del Resucitado y, en ellos, a todos nosotros como Iglesia. Es un tiempo para poner nuestra mirada no en el cielo -sabio consejo de los ángeles en el relato de Lucas (Hechos 1,11)-, sino en nuestra tierra. Es un tiempo para agudizar nuestros sentidos y caer en la cuenta del soplo del Espíritu en nuestras vidas. Por ello la Iglesia nos invita a reflexionar y orar lo que ese suceso de la vida de los discípulos del Resucitado significa para nosotros como Iglesia, ahí donde y como cada uno se encuentra.
Nuestros Obispos en Aparecida nos invitan a ponernos en ese camino de escucha del Espíritu que habita y obra en nuestro tiempo: “Los indígenas y afroamericanos emergen ahora en la sociedad y en la Iglesia. Este es un kairós para profundizar el encuentro de la Iglesia con estos sectores humanos que reclaman el reconocimiento pleno de sus derechos individuales y colectivos, ser tomados en cuenta en la catolicidad con su cosmovisión, sus valores y sus identidades particulares, para vivir un nuevo Pentecostés eclesial”. (Nº91)
Estamos invitados como Iglesia a recorrer el camino que el Espíritu nos indica, como lo hizo en tiempos de las primeras comunidades. Éstas fueron capaces de abrirse a nuevos horizontes de autocomprensión al incorporar las comunidades no judías. Este camino no es otra cosa que vivir el encuentro en solidaridad con las diversas culturas en donde la Iglesia está presente (chilenos y mapuche), para reproducir en su actuar y en su identidad la encarnación del Hijo. De ser así, esto generará frutos concretos: fraternidad entre los ser humanos y los pueblos, protagonismo del “otro” y enriquecimiento mutuo.
En nuestro país, la fraternidad será el signo inequívoco de que el encuentro es verdadero. Ella implica la construcción de relaciones justas y fraternas en seno de la sociedad, la aceptación de la diversidad que nos constituye y la generación de esfuerzos de liberación de toda opresión cultural, económica y religiosa. Así también, la identidad como país pasará por escuchar la voz de los mapuche y hacerse cargo de sus anhelos y esperanzas para que juntos, chilenos y mapuche, construyamos un país de hermanos, en paz, donde las riquezas de unos y otros sean compartidas para el bien de todos.
Del encuentro en solidaridad surgirá también un nuevo rostro de la Iglesia, una nueva autocomprensión, un nuevo protagonismo que nace del seno de la cultura mapuche. Será el protagonismo de los mismos mapuche que han acogido la fe, para construir una comunidad eclesial con rostro mapuche.
Esta invitación al encuentro en solidaridad nace de la convicción profunda de que Dios ofrece su salvación a todos los seres humanos y las culturas. Una visión del Evangelio desde una mirada amplia, que considera la cultura como fuerza de vida e impulso de encuentro con Dios a través de Jesús, no pasa por condenar prácticas y creencias aparentemente al margen de la doctrina, sino por ofrecer la certeza de la libertad por la fe, sin colonialismos, sino al modo de Jesús. Su modo es el de la kénosis (abajamiento): se hizo uno de nosotros para liberar, dar vida y dignificar la vida. En este camino de abajamiento, viviremos con libertad respecto a nuestro propio molde. Entonces expresamos la fe quedándonos sin palabras, sólo con la palabra de la cercanía y la fidelidad. De este modo germinará una nueva palabra para todos, un nuevo hablar: el “habla de la gente de la tierra” (mapuchedungun).
P. Carlos Bresciani L., SJ
Tirúa, mayo 2008



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