Por Gary Younge/The Guardian
EN OCTUBRE PASADO, un prometedor joven futbolista iraní-alemán, Ashkan Dejagah, se negó a ir a Israel a jugar por la selección germana un partido clasificatorio europeo. Dejagah, que nació en Irán y llegó a Alemania de niño, afirmó que si iba a Israel se le podría negar la entrada a Irán. Su decisión desató acusaciones de antisemitismo de los grupos judíos alemanes, además de llamados de políticos para que se le eliminara del equipo (tras deliberar, los funcionarios del fútbol alemán decidieron mantenerlo).
El debate que siguió arrojó luz sobre cuánto hay que saber y cuánto hay que olvidar para ser alemán según algunos y fijó ciertas normas básicas para la inclusión e integración de Dejagah. "Quien quiera represente a Alemania, sea alemán nativo o un inmigrante, tiene que identificarse con la historia y la cultura de nuestra sociedad", dijo Ronald Pofalla, secretario general de los conservadores demócrata cristianos. "Si no quiere hacerlo debido a razones políticas personales, entonces no debe vestir la camiseta nacional".
Si se trata de considerar una visita a Israel, hay por lo menos seis millones de razones por las que Dejagah haría mejor en no identificarse con la historia y la cultura de Alemania. Pero, por el momento, he aquí sólo dos. Primero, encontrará una historia reciente mucho menos mortífera en antisemitismo en su legado iraní que lo que hallará en su legado alemán. Segundo, si alguna nación ejemplifica los límites de la integración sin una cultura vigorosa de antirracismo, ésa es Alemania: la nación europea donde los judíos estaban más asimilados y casi se vieron borrados del mapa. Ninguna competencia entre Irán y Alemania para dirimir cuál ha odiado menos a los judíos puede producir un ganador del que alguien se sienta orgulloso.
Pero el caso de Pofalla ilustra que, cuando uno vive en una calle de casas de vidrio, todos deberían pensar dos veces en lo que arrojan y contra quién lo arrojan. Ésta no es una lección limitada a Alemania. Se ha convertido en un hábito de alcance europeo referirse a los musulmanes en particular y a los inmigrantes en general como si fuesen bárbaros que deben ser civilizados o prohibidos antes de que contaminen a las sociedades igualitarias en que nacieron o en las que ahora viven. Carente de todo sentido de humildad, de autoconciencia y conocimientos históricos, la clase política europea actúa como si estas comunidades no sólo manifestaran homofobia, sexismo, antisemitismo, violencia política y desorden social, sino como si ellas las hubiesen inventado e incorporado a un continente por su parte utópico.
Tomemos a Francia: tras los recientes disturbios, el diputado nacionalista Jacques Myard explicó los disturbios de la siguiente manera: "El problema no es económico. La realidad no es económica. La realidad es que un sesgo etnocultural antifrancés de una sociedad extranjera ha echado raíces en suelo francés y se está nutriendo de un racismo básicamente antifrancés, por mucho que los revoltosos tengan nacionalidad francesa". Puede que los franceses necesiten importar muchas cosas (desde películas taquilleras hasta comida rápida), pero la cosa que han producido ellos mismos por mucho tiempo es una cultura de asambleas peleadas. He visto a agricultores lanzar ganado contra la policía y me he agachado mientras los estudiantes convertían el mobiliario urbano en misiles. En materia de revueltas, no hay nada de extranjero en Francia.
En Gran Bretaña, se menciona el surgimiento de los "bombarderos criados en casa" como si fuera algo nuevo, cuando de hecho hemos estado criando a nuestros bombarderos por años. Luego, fue el caso del difunto activista gay holandés contra la inmigración Pim Fortuyn. "Tengo amigos gay que han sido golpeados por jóvenes marroquíes en Rotterdam", dijo. "En Rotterdam tenemos a marroquíes de tercera generación que aún no hablan holandés, que oprimen a las mujeres y que no vivirán según nuestros valores". Al parecer en Rotterdam no había agresiones contra los gays ni racismo antes de que llegaran los marroquíes.
No es necesario negar la existencia de prejuicios en las comunidades inmigrantes y musulmanas para captar lo pernicioso de considerar a esas visiones como exclusivas de las comunidades o resultantes de sus culturas. Tampoco debemos ser renuentes a desafiar el prejuicio, independiente de dónde venga. La noción de que el fanatismo en las comunidades musulmanas e inmigrantes plantea un enigma multicultural no es más que otro espantapájaros. Aplicas la ley sin temor ni favor. Promueves la igualdad de todos y para todos. No existe conflicto entre eso y la igualdad racial: es un prerrequisito para ella.
Si a un imán no le gusta que las mujeres caminen frente a su mezquita en bikini, peor para él. Si a un parlamentario no le gusta que las mujeres acudan a cirugía en un nigab, peor para él también. Ambos tienen derecho de decir lo que piensan (siempre que no promuevan la violencia), pero las mujeres tienen el derecho de usar lo que gusten. Tampoco deberíamos negar la idea de que algunos prejuicios pueden ser más prevalecientes en algunas comunidades. El asunto es qué hacemos y si en la actualidad estamos preparados para aplicar esas mismas conclusiones con un rigor semejante para todos.
La prevalencia del abuso infantil en la Iglesia Católica no ha tenido que ver, básicamente, con el catolicismo sino con hombres individuales con autoridad exclusiva y acceso a niños, que se han aprovechado de ellas. Nadie que quiera ser tomado en serio ha tratado de hacer colectivamente responsable a cada católico por los abusos o afirmar que los católicos están inherentemente predispuestos al abuso infantil, o que el abuso fue esencialmente religioso. Aunque estos escándalos se han desarrollado en paralelo con la guerra contra el terrorismo, nadie está proclamando que el catolicismo representa una amenaza contra nuestra civilización.
El 15 de febrero pasado, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, dijo que el continente debía hacer valer sus valores esenciales y expresar su solidaridad con Dinamarca tras los extendidos disturbios a causa de las caricaturas de Mahoma en un diario de ese país. "Si no, estamos aceptando el miedo en nuestra sociedad", dijo. "Comprendo que ofendió a muchas personas en el mundo musulmán, pero ¿es mejor tener un sistema donde algunos excesos se permitan o estar en algunos países donde ni siquiera tienen el derecho a decir esto?".
Ese mismo día, en la Cámara de los Comunes, el Gobierno británico votaba en favor de ampliar las leyes sobre contraterrorismo, haciendo de la "glorificación" del terrorismo un delito criminal. Hablando después de la votación, Tony Blair dijo que la nueva ley "nos permitirá enfrentar a esa gente y decirles: vean, tenemos libertad de expresión en este país, pero no abusen de ella".
Aquí radica el problema con los valores de la Ilustración, tal como han sido promovidos en los últimos años. Los valores están bien. Pero aquellos que los enarbolan más fervientemente también lo hacen selectivamente. Adhieren a las mujeres musulmanas que hacen campaña contra el sexismo, pero ignoran a quienes combaten al racismo, la islamofobia o la guerra. Atacan a los fundamentalistas musulmanes homofóbicos de los vecindarios, pero se alinean con los cristianos fundamentalistas homofóbicos de la Casa Blanca. Exigen secularismo y asimilación, pero estiman cualquier acto de musulmanes e inmigrantes como religioso o extranjero.
En resumen, ven sus propios atributos y las fallas de los otros mediante un vidrio de aumento. Con razón su visión del mundo está tan distorsionada



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